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Como Ensenar los Principios
de la Obra Misional de los Miembros


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Lección

1



Cómo enseñar los principios de la obra misional de los miembros



SUGERENCIAS PARA EL DESARROLLO DE LA LECCIÓN


Resumen


Comience la clase con un análisis del gozo que viene como resultado de compartir el Evangelio según lo ejemplificó Amón y Alma, hijo. A fin de que este mensaje sea más personal e invitar al Espíritu, usted y miembros de la clase pueden compartir brevemente sus experiencias positivas en cuanto a la obra misional. Entonces usted puede dirigir una conversación abierta y honesta sobre los obstáculos que enfrentan los miembros al compartir el Evangelio. Debe explicar que el objetivo del curso de tres semanas es el de calmar o reducir tales inquietudes por enseñar principios correctos de la obra misional. A la conclusión de la lección, comparta el Principio 1: Tenemos éxito cuando invitamos.


Pauta


1) El compartir el Evangelio trae gozo (10 minutos)*

2) Para muchos el compartir el Evangelio es intimidante (15 minutos)

3) ¿Cómo se mide el éxito de la obra misional de los miembros? (10 minutos)


Objetivos del maestro


  1. Dirigir la lección de tal manera que los miembros de la clase se sientan a gusto colaborando, no se sientan juzgados, y que se fomente un diálogo abierto y honesto en cuanto a lo que impide a los miembros compartir el Evangelio o a tener experiencias positivas con la obra misional.

  2. Enseñar el primer principio de la obra misional de miembros: Tenemos éxito cuando invitamos.


Preparación y materiales


  1. Lea Alma capítulos 26 y 29; pida de antemano a un miembro de la clase que lea Alma 26:16 y 29:16 durante la lección.

  2. Reflexione sobre una experiencia positiva que usted haya tenido como miembro misionero y esté preparado para presentarla a la clase (un máximo de 2 minutos).

  3. Consiga un aula con pizarra; tenga disponible tiza y borrador.


LECCIÓN


1. El compartir el Evangelio trae gozo


Uno de los grandes mensajes del Libro de Mormón es que podemos tener gozo a pesar de las dificultades de la vida (2 Nefi 2:25). De hecho, muchos de los pasajes del Libro de Mormón describen en maravilloso detalle el gozo que viene del Evangelio de Jesucristo.


Mencione brevemente los ejemplos a continuación, poniendo énfasis en la palabra ‘gozo’ en las escrituras.



Un ejemplo muy conmovedor de gozo en el Libro de Mormón se encuentra en el relato de Amón y Alma, hijo durante sus labores como misioneros entre los lamanitas. Amón experimentó un gozo tan abrumador que se desmayó en más de una ocasión (Alma 19:14; 27:17). Especialmente en el capítulo 26 de Alma, Amón describe el gozo y la gratitud por poder servir como misionero, empleando la palabra “gozo” ocho veces y la palabra “regocijar” siete veces.


Pida a un miembro de la clase a leer los siguientes pasajes


Alma 26:16 Por lo tanto, gloriémonos; sí, nos gloriaremos en el Señor; sí, nos regocijaremos porque es completo nuestro gozo; sí, alabaremos a nuestro Dios para siempre. He aquí, ¿quién puede gloriarse demasiado en el Señor? Sí, ¿y quién podrá decir demasiado de su gran poder, y de su misericordia y de su longanimidad para con los hijos de los hombres? He aquí, os digo que no puedo expresar ni la más mínima parte de lo que siento.


Alma 29:16 Y cuando pienso en el éxito de estos mis hermanos, se transporta mi alma como si fuera a separarse del cuerpo, tan grande es mi gozo..


Seamos misioneros de tiempo completo o miembros misioneros, nosotros tenemos la oportunidad de experimentar la misma clase de gozo del cual hablan Amón y Alma cuando cumplimos con nuestra obligación de compartir el Evangelio con otros.


Comparta una experiencia positiva personal de la obra misional; invite a uno o dos miembros de la clase a hacer lo mismo, alentando con mucho tacto la brevedad.


2. Para muchos el compartir el Evangelio es intimidante


Parece que el compartir el Evangelio es, para algunos miembros, un acto natural. Sin embargo, muchos encuentran la obra misional incómoda, les parece requerir mucho tiempo y hasta les resulta frustrante, así que tienen dudas en cuanto a involucrarse.


Pregunte a los miembros de la clase por qué es así. Cree el marco para un análisis honesto y cándido acerca de los obstáculos que pueden presentarse en la obra misional. Anime a los miembros de la clase a compartir sus propias dudas o las de otros. Haga hincapié en que el análisis tiene como objetivo edificar más bien que juzgar o criticar.


Escriba los comentarios en la pizarra. Pida a un miembro de la clase que las apunte en papel para que usted las tenga disponibles para lecciones futuras.


A continuación hay unos comentarios posibles. Usted puede comentar algunos de éstos a fin de estimular la conversación si los miembros de la clase parecen dudar en compartir sus preocupaciones (Por ejemplo, “Y la insinceridad, ¿qué?”).



Agradezca a los miembros de la clase su honesta y activa participación en la conversación.


El objetivo de este curso de tres semanas es tratar estas preocupaciones por enseñar principios correctos de la obra misional. La aplicación de estos principios en sus esfuerzos les permitirá a ustedes tener experiencias positivas y enriquecedoras y sentir el gozo del cual hablaron Amón y Alma, hijo. Concluiremos esta lección analizando el primer principio de la obra misional, el cual trata de una preocupación común: miedo al fracaso.


3. ¿Cómo se mide el éxito de la obra misional de miembros?


Según las estadísticas, cuando los misioneros obtienen referencias de los miembros, cinco de cada diez personas contactadas reciben una o más de las lecciones misionales. De las cinco que reciben una charla, una se bautiza.1


Haga la siguiente pregunta:


¿Significan estas estadísticas que los nueve miembros cuyas referencias no resultaron en bautismo fracasaron como miembros misioneros?


Esta es una pregunta importante porque el miedo al fracaso es un factor que restringe a muchos miembros a ser miembros misioneros. La respuesta, por supuesto, es que no han fracasado los otros nueve. Tenemos éxito cuando invitamos a otros a aprender acerca de la verdad y a aceptarla.


Principio 1: Tenemos éxito cuando invitamos


Dios no nos concedió a nosotros el albedrío de otros sino que se lo concedió a ellos. Cuando decidimos no compartir el Evangelio con otros les privamos de su albedrío para escoger. Cuando les ofrecemos la oportunidad de entender en más detalle el Evangelio de Jesucristo, les damos la oportunidad de ejercer el albedrío que Dios les dio. Es nuestra responsabilidad invitar y su responsabilidad la de aceptar.


Pregunte a los integrantes de la clase cómo les afecta saber que tienen éxito cuando extienden una invitación, sin importar los resultados.


Entren o no en la aguas del bautismo aquellos a quienes invitamos, si ellos simplemente entablan conversación con nosotros o con los misioneros acerca de las verdades de la eternidad, ellos habrán dado un paso importante en su propio progreso eterno y habrán tomado unas importantes y correctas decisiones para empezar. Una vez que nos demos cuenta de que tenemos éxito como misioneros cuando invitamos a otros a aprender y a aceptar la verdad, se despejará gran parte del miedo que nos impedía compartir el Evangelio.


Termine la lección con su testimonio sobre lo que se ha enseñado.


Lección

2



Cómo enseñar los principios de la obra misional de los miembros



SUGERENCIAS PARA EL DESARROLLO DE LA LECCIÓN


Resumen


Comience la clase con un análisis del principio 2, el cual es que debemos compartir el Evangelio libremente y refrenarnos de juzgar de antemano si otros serán receptivos. Introduzca este principio presentando una serie de preguntas retóricas que ayudarán a los miembros de la clase a considerar hasta qué punto evalúan el posible interés de otros en cuanto al Evangelio. Presente escrituras y un relato verdadero de la obra misional con fines de subrayar que no podemos predecir por adelanto quién será receptivo a una invitación de aprender más del Evangelio.


Presente el principio 3, el cual es que no es necesario hacernos amigos de alguien antes de invitarle a aprender acerca de la Iglesia. Comparta con la clase un relato en el que una familia SUD experimenta decepción en sus esfuerzos por compartir el Evangelio. Analícelo con la clase e identifique por qué la práctica de pasar mucho tiempo con fines de entablar amistad antes de intentar compartir el Evangelio es innecesaria (y hasta engañosa). Presente ideas sobre cómo invitar sin ofender, utilizando aquellas que concuerdan con el principio 4 de la obra misional de miembros.


Pauta/esquema


  1. ¿Es posible predecir de antemano quién tendrá interés en la Iglesia? (10 minutos)

  1. No podemos predecir por adelantado quién tendrá interés en el Evangelio.

  1. Podemos compartir el Evangelio con todos, no sólo con amigos (15 minutos)

  1. Principio 3: No necesitamos, ni debemos, alterar nuestra relación con alguien antes de presentarle el Evangelio.

  2. Concepto erróneo: Debemos invertir una gran cantidad de tiempo y energía desarrollando amistades estrechas con otros antes de compartir el Evangelio con ellos.

  1. Cómo invitar sin ofender (10 minutos)


Objetivos del maestro


  1. Enseñar los principios 2 y 3 de la obra misional con el fin de ayudar a los miembros de la clase a ampliar su visión acerca de aquellos con quienes pueden compartir el Evangelio.

  2. Enseñar el principio 4 de la obra misional que se trata de cómo invitar sin ofender.


Preparación y materiales


  1. Lea Alma 16:14, Mateo 7:1 y 1 Samuel 16:7; asigne por adelanto a miembros de la clase a leer estas escrituras durante la lección.

  2. Medite y prepárese para compartir cualesquiera experiencias personales que ilustren los puntos de la lección.

  3. Consulte la lista de preocupaciones hechas durante la lección 1 y determine cuáles de éstas se relacionan con y pueden ser resueltas por los principios 5 al 7; menciónelas en momentos apropiados de la lección.

  4. Consiga un aula con pizarra; tenga disponible tiza y borrador.


LECCIÓN


1. ¿Podemos predecir de antemano quién tendrá interés en la Iglesia?


La obra misional de los miembros es un tema común de los discursos de la reunión sacramental y la conferencia general, charlas fogoneras, “mensajes después de la cena” dado por los misioneros de tiempo completo, y clases de la escuela dominical tal como esta.


Haga las siguientes preguntas retóricas a la clase:


Pregunta 1: ¿Cuántos de ustedes, al hallarse en estas circunstancias, han formado una lista mental de sus conocidos no SUD y pasado por un proceso de selección, decidiendo quién tendría interés en hablar del Evangelio y quién no?


Pregunta 2: ¿Cuál era su criterio de selección?


Deje que los miembros de la clase reflexionen por un momento y proceda con las siguientes preguntas:


Para aquellos con quienes ustedes decidieron no continuar, ¿siguieron sus pensamientos el siguiente modelo?:

‘Esta persona…’


Permita que los miembros de la clase comenten o compartan algunos sentimientos acerca de estas preguntas.


Aunque a fin de cuentas algunas de nuestras opiniones del posible interés de otros sean correctas, se nos ha aconsejado que evitemos juzgar y que compartamos el Evangelio libremente con todos y dejar que ellos decidan por sí mismos si tienen interés en aceptar una invitación del Evangelio. Cuando decidimos de antemano que alguien no tendrá interés y como consecuencia no entablamos conversación con él acerca del Evangelio, le privamos de la oportunidad de ejercer su propio albedrío y en esencia hemos tomado la decisión por él.


Principio 2: Debemos refrenarnos de juzgar de antemano si otros serán receptivos y compartir libremente el Evangelio “sin hacer acepciones de personas”


Pida a un miembro de la clase que lea una o más de las siguientes escrituras que se tratan de refrenarnos de juzgar:

Alma 16:14 Y comunicaban la palabra de Dios sin cesar a cuantos querían oírlos, y no hacían acepción de personas (Hablando de Alma y Amulek).


Mateo 7:1 No juzguéis, para que no seáis juzgados (El sermón del monte de Cristo).


1 Samuel 16:7 Y Jehová respondió a Samuel: No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón. (Hablando de cómo Samuel reconoció a David, el ungido del Señor, entre los hijos de Isaí).


La mayoría de las personas que han sido miembros misioneros activos o que han servido misiones de tiempo completo dirían que, al reflexionar en las personas que han rechazado o aceptado sus invitaciones, no es posible predecir por adelantado quién será receptivo.


Pida a los miembros de la clase que consideren si lo anterior va de acuerdo con sus experiencias personales. Permita comentarios breves si los hay.


Para ilustrar los puntos anteriores, pida a un miembro de la clase que lea el siguiente relato verdadero del élder Clayton Christensen. Antes de hacerlo, explique que el élder Christensen había orado y seleccionado una fecha por la cual habría encontrado a alguien para recibir las charlas de los misioneros.

Como alternativa, comparta una experiencia personal que ilustra puntos parecidos o parafrasee el relato para la clase.


El día que yo había seleccionado fue el 31 de enero. A pesar de haber hablado con docenas de personas en los meses anteriores, no logré encontrar a nadie y ya me hallé en el día 22 de enero. Tenía previsto viajar a Honolulu, Hawai en aquel día y había suplicado a Dios que en el avión se sentara a mi lado una persona a quien pudiera invitar a recibir las charlas de los misioneros ya que sería un vuelo muy largo. Me decepcioné en extremo cuando se sentó a mi lado un hombre que por su aspecto era evidentemente un mujeriego; éste llevaba puesta una llamativa camisa hawaiana abierta hasta el pecho velludo y unos collares (cadenas) de oro en su cuello. Me presenté y aprendí que cada enero se tomaba un mes libre de su trabajo de cantero para irse a Hawai en busca de mujeres. Pronto llegué a la conclusión de que de ningún modo tendría interés en el Evangelio, así que me dediqué a mis tareas con resentimiento de que con tan poco tiempo, Dios no me había ayudado a conocer a alguien para presentar a los misioneros.


Sin embargo, un rato después éste hombre me preguntó si había ido antes a Hawai, a lo que respondí que de hecho había asistido a una escuela de idiomas en Laie antes de partir a Corea como misionero mormón. De inmediato el comportamiento del hombre cambió. "¿Es usted mormón?"


Sí, lo soy”, le respondí. “¿Por qué pregunta?”


Entonces dijo que no era un hombre religioso pero que había sentido una curiosidad cada vez mayor por saber más sobre los mormones. Me pidió que le hablara de nuestra iglesia. Le expliqué los artículos de fe, testificando de cada uno después de explicárselo. Descendió sobre nosotros un espíritu maravilloso y durante cuatro horas tuvimos una conversación agradable y memorable. A la conclusión le pregunté si yo podría mandar a los misioneros a su casa cuando regresara, a lo que respondió que realmente quería conocerlos y aprender más. Durante el resto del vuelo, él me interrumpió varias veces para darme las gracias por haberle contado lo que yo sabía que era verdadero.


Históricamente personas de todas clases, orígenes y circunstancias han sido receptivas al mensaje del Evangelio restaurado. Según nos recuerda Nefi en el Libro de Mormón, Cristo “invita a todos ellos a que vengan a él y participen de su bondad; y a nadie de los que a él vienen desecha, sean negros o blancos, esclavos o libres, varones o mujeres; y se acuerda de los paganos; y todos son iguales ante Dios, tanto los judíos como los gentiles.” (2 Nefi 26:33) Como miembros debemos cuidarnos de no juzgar si alguien será receptivo al Evangelio. Debemos hablar de nuestra fe de manera honesta y abierta con muchas personas. Cuánto más hagamos, más probable es que nos encontraremos con alguien que responderá a la verdad.


2. Podemos compartir el Evangelio con todos, no sólo amigos


Una frase común que con frecuencia usan los miembros al referirse a sus esfuerzos misionales es “estamos intentándolo con fulanito”. A menudo lo que quieren decir es que se esfuerzan por hacerse amigos de ellos con la esperanza de que algún día serán amigos más íntimos para así invitarlos a aprender acerca del Evangelio.


Analice brevemente con la clase lo que pueda resultar problemático de esta idea de alterar nuestra relación con alguien por motivos de invitarlo a aprender más acerca del Evangelio.


Pida a un miembro de la clase que lea el siguiente relato verdadero para ilustrar la idea errónea de que debemos hacernos amigos de alguien antes de invitarlo a aprender acerca del Evangelio (un miembro de la presidencia de estaca de Boston, Massachusetts, EEUU lo relató en una charla fogonera).


Como alternativa, comparta una experiencia personal que ilustra puntos semejantes o parafrasee el relato para la clase.


En el barrio en que vivíamos antes de mudarnos a Boston, éramos bendecidos con maravillosos misioneros entusiasmados. Éstos nos visitaban en nuestra casa para ayudarnos a cumplir con nuestro deber como miembros, y nos ayudaban a preparar un cuadro que contenía en la columna de la izquierda una lista de personas que conocíamos. Una vez hecho, nos pedían planear los pasos que tomaríamos para entablar amistad con una persona o pareja y culminar con una invitación de recibir las charlas de los misioneros. Entre estos pasos figuraban llevarles manjares, invitarlos a salir con nosotros a eventos atléticos, actuaciones teatrales o musicales; invitarlos a nuestro hogar para cenar; salir con ellos una vez más, etcétera. El plan era que todo esto culminaría en una invitación para escuchar las charlas.


Rellenamos con toda diligencia nuestro cuadro, listando a aquellos que estimábamos podrían tener interés en la Iglesia y comenzamos los pasos con cada uno. Fue agotador. Yo estaba terriblemente ocupado con mi trabajo en la escuela y mi esposa se dedicaba una cantidad exorbitante de tiempo cocinando, ya que invitábamos a gente a nuestro hogar para cenar dos veces a la semana. Y como los más corteses de las personas por lo general devolvían nuestras invitaciones, resultó que efectivamente nos hallábamos muy ocupados.


Primeros en nuestra lista figuraban Ken y Jane Spencer. Parecían mormones, de vida sana, y habían conocido a los mormones a lo largo de su juventud. Ken y yo nos conocíamos porque asistíamos a la universidad con la misma beca. Los invitamos a acompañarnos a una obra de teatro y la siguiente semana los invitamos a cenar. La siguiente semana los invitamos a dar un paseo en bote con nosotros. Dos semanas después nos invitaron a un concierto en la universidad. Entonces les pedimos venir a una reunión sacramental en la que se nos había asignado a discursar y luego a cenar en nuestra casa. Después de la cena les dimos a Ken y Jane un ejemplar del Libro de Mormón y les preguntamos si querían saber más acerca de la Iglesia.


Aunque incómodo, Ken aceptó el libro pero declinó nuestra invitación a aprender más. “Somos episcopales y realmente nos gusta nuestra iglesia”. Nos sentimos incómodos y poco después los Spencer se fueron. Más tarde aquella noche, cansados y sintiéndonos unos fracasados, pusimos la mira en las siguientes personas en aquella lista en nuestro refrigerador.


En las semanas siguientes, con todo cuanto teníamos que hacer, nunca invitamos a los Spencer a hacer algo más. Más tarde escuchamos comentarios a través de amigos mutuos que los Spencer se sentían algo engañados, que nuestras repentinas muestras de amistad no se debían a nuestro deseo de ser amigos sino por motivos de convertirlos en mormones. Al final fue una mala experiencia para nosotros, también.


Haga la siguiente pregunta a los miembros de la clase:


¿Por qué terminó de manera tan negativa este intenso esfuerzo misional?


Después que hayan comentado los miembros de la clase, vuelva a la conversación sobre la frase “hacemos un esfuerzo con fulano” y haga la siguiente pregunta:


¿Qué es lo problemático respecto a la idea de que uno tiene que hacerse amigo de una persona o una familia, por medio de una larga secuencia de eventos, antes de invitarla a aprender acerca del Evangelio?


El instructor y miembros de la clase pueden señalar lo siguiente:



No hay necesidad de cambiar de manera artificial o engañosa el nivel natural (o normal) de nuestra amistad con otra persona antes de invitarla a aprender más acerca de la Iglesia.


Principio 3: No necesitamos, ni debemos, alterar nuestra relación con alguien antes de presentarle el Evangelio.


Debemos desarrollar de manera natural y no fingida nuestras relaciones con otros. Debemos ser buenos amigos con personas con las que tengamos una base natural de amistad, y debemos ser vecinos, colegas y conocidos con otros con los que esto constituya la base natural de la relación.


Dibuje en la pizarra la siguiente gráfica para ilustrar este concepto:






Amigo




Colega




Vecino




Conocido




Desconocido






Podemos extender una invitación a aprender más acerca del Evangelio estando en cualquiera de estos niveles. Sólo debemos intentar elevar una relación si hay una base natural para hacerlo. De otro modo, debemos invitar a todas estas personas a aprender más sobre la Iglesia de una manera que concuerda con el segundo principio de la obra misional de los miembros.


Para concluir la conversación, pida a un miembro de la clase que lea esta parte de un discurso pronunciado por el élder M. Russell Ballard en el que explicó cómo crear un ‘hogar en el que se comparta el Evangelio’:

Crear un hogar en el que se comparta el Evangelio no significa dedicar un tiempo excesivo para conocer y cultivar amistades con las cuales compartamos el Evangelio. Esos amigos vendrán a nosotros de forma natural, y si desde el principio somos sinceros en cuanto a ser miembros de la Iglesia, podremos intercalar fácilmente conversaciones sobre el Evangelio en nuestra relación con menos riesgo de malentendidos. Los amigos y conocidos aceptarán que eso es parte de quiénes somos y se sentirán libres de hacer preguntas.


El hecho de que tengamos un hogar en el que se comparta el Evangelio no depende de que las personas se unan o no a la Iglesia como resultado de nuestro contacto con ellas. Nosotros tenemos la oportunidad y la responsabilidad de preocuparnos, hablar, testificar e invitar, y entonces dejar que las personas decidan por sí mismas. Somos bendecidos al invitarlos a reflexionar sobre la Restauración, sean cuales sean los resultados. Al menos, tendremos una relación grata con una persona de otra religión y podremos seguir disfrutando de su amistad. (“Cómo crear un hogar en el que se comparta el Evangelio,” Liahona, mayo de 2006, 86).


3. Cómo invitar sin ofender


I. Sea directo y sincero


Haga a la clase las siguientes preguntas:


A veces personas rechazan invitaciones porque se sienten ofendidas por lo que perciben son los motivos ulteriores de la invitación. ¿Qué clase de invitación, cuándo es rechazada, crea un sentimiento ofensivo? ¿Cómo podría usted invitar a alguien de tal manera que, aún cuando se declinara la invitación, provocara una respuesta agradable y agradecida?


La respuesta es que nuestras invitaciones corren el riesgo de ser ofensivas si somos evasivos al extenderla. Si somos directos y sinceros, y si las personas a las que extendemos la invitación sienten el amor de nosotros y el de Dios por medio de nosotros, nunca se sentirán ofendidos sino conmovidos y agradecidos, aunque digan que no.


Principio 4: Debemos ser honestos, directos y sinceros cuando invitamos a otros a aprender acerca del Evangelio.


Pida a un miembro de la clase que lea la siguiente cita del Élder Ballard:


Algunos miembros dicen: “Tengo miedo de hablar sobre el Evangelio porque alguien podría ofenderse”. La experiencia ha demostrado que la gente no se ofende cuando la acción de compartir está motivada por un espíritu de amor e interés. ¿Cómo podría alguien ofenderse cuando decimos algo así: “Me encanta la manera en que mi Iglesia me ayuda” y luego añade lo que le indique el Espíritu? Sólo ofendemos a los demás cuando aparentamos estar cumpliendo con una asignación y no somos capaces de expresar un interés ni un amor reales. (“El papel esencial de los miembros en la obra misional,” Liahona, mayo de 2003, 37).


Si los hay, permita los comentarios y reacciones de los miembros de la clase.

II. “Separar” la relación de la invitación


Otra forma de extender una invitación del Evangelio sin ofender es separar explícitamente la invitación de cualquier relación que usted tenga con la persona. Puede decir, por ejemplo: “Juan, somos vecinos desde hace mucho tiempo ya. Te voy a hacer una pregunta, pero antes quisiera que sepas que tu respuesta no afectará de ningún modo como me siento. Así que…como sabes, soy mormón, y también sabes cuánto me importa mi iglesia. En algún momento me gustaría platicar contigo, si te interesa, y explicarte quiénes somos y el valor que es para mí ser miembro”.


Si los hay, permita los comentarios y reacciones de los miembros de la clase.


III. Abran puertas


Un método que nos permite, con mucho tacto, dejar que otras personas muestren su interés en la Iglesia es por medio de “abrir puertas”, lo cual hacemos usando “palabras mormonas” en nuestras conversaciones diarias. Si nos referimos libremente a tales cosas como BYU, nuestra misión, las actividades de la iglesia de nuestros hijos, nuestros llamamientos en la iglesia—cosas que señalan nuestra afiliación con la Iglesia—esto “abre la puerta” a una conversación sobre la Iglesia. La mayoría de las personas con las que hablamos simplemente optarán por no entrar por la puerta cuando escuchen estas palabras, y esto está bien. Pero de vez en cuando diremos una palabra mormona y la persona con quien hablamos dirá: “¿Eres mormón?” Cuando así sucede, eso nos da la oportunidad de dar una respuesta como: “Sí, lo soy. Realmente es una iglesia estupenda. ¿Sabes mucho de nosotros?”


En la conversación resultante podemos abrir la siguiente puerta: “Si en algún momento tienes interés en aprender un poco sobre lo que nos motiva, me encantaría invitarte a nuestro hogar para conversar”. La mayoría de las personas no pasarán por esa puerta y está bien, es su opción. Pero de vez en cuando alguien sí pasará y usted tendrá una oportunidad emocionante para compartir más.


Si los hay, permita los comentarios y reacciones de los miembros de la clase.


Concluya la lección señalando las preocupaciones comunes que ha tratado esta lección (las que se identificaron en la primera lección) y dando testimonio sobre lo que se ha enseñado.


Lección

3



Cómo enseñar los principios de la obra misional de los miembros



SUGERENCIAS PARA EL DESARROLLO DE LA LECCIÓN


Resumen


Esta lección se enfoca en los asuntos prácticos de la obra misional de miembros. Para comenzar, presente el método típico de fijar una fecha, aclarando que se pone énfasis en la fecha más bien que en la persona. Introduzca el principio 5 y el recurso “101 formas de hacer la obra misional”. Entonces enfóquese en el principio 6, que se trata de uno de los métodos más eficaces de darle a conocer a alguien el Evangelio: el invitar a otros a servir con nosotros en la Iglesia. Por último, presente el principio 7, el cual propone pautas para responder a preguntas acerca de la Iglesia. Termine la clase repasando los principios 1 al 7, resumiendo las preocupaciones que las lecciones han tratado, e invitando a los miembros de la clase a participar activamente en dar a conocer el Evangelio a otros de acuerdo con los principios que se han enseñado.


Pauta


  1. ¿Cómo empezar? (5-7 minutos)

    • Establezca una fecha

  2. ¡Póngase en marcha! (5 minutos)

    • Principio 5: Hay muchas maneras diferentes de participar en la obra misional de miembros

      • El recurso “101 formas de hacer la obra misional”

  3. Cómo compartir el Evangelio por medio de invitaciones para servir (10 minutos)

    • Principio 6: Podemos compartir el Evangelio invitando a otros a servir con nosotros en la Iglesia

  4. ¿Qué debemos decir sobre la Iglesia cuando alguien hace preguntas? (10 minutos)

    • Principio 7: Busque la guía del Espíritu al responder preguntas sobre la Iglesia

  1. Repase los principios de la obra misional de miembros (3-5 minutos)


Objetivos del maestro


  1. Ayudar a los miembros de la clase a entender cómo el método del élder Ballard de fijar una fecha les puede guiar en sus esfuerzos en la obra misional.

  2. Dar a los miembros de la clase una vista más amplia de las muchas formas en las que pueden participar activamente en la obra misional al enseñar los principios 5 y 6.

  3. Enseñar el principio 7 para recordar a los miembros de la clase el importante papel del Santo Espíritu al responder a las preguntas de otros.


Preparación y materiales


  1. Haga copias para repartir de la selección del discurso del élder Ballard en cuanto a fijar una fecha.

  2. Haga copias del recurso “101 formas de hacer la obra misional” para repartir.

  3. Medite y prepárese para compartir cualesquiera experiencias personales que ilustren los puntos de la lección.

  4. Consulte la lista de preocupaciones hechas durante la lección 1 y determine cuáles de éstas se relacionan y pueden ser resueltas con los principios 5 al 7; menciónelas en momentos apropiados de la lección.

  5. Consiga un aula con pizarra; tenga disponible tiza y borrador.


LECCIÓN


1. ¿Cómo empezar?


Una de las formas más eficaces de guiar sus esfuerzos misionales es seleccionar por medio de la oración una fecha por la cual usted hallará a alguien que está preparado para recibir las charlas misionales. Este método, conocido como “Fijar una fecha”, se dio originalmente como invitación del Élder M. Russell Ballard en un discurso de la conferencia general en 1984, y otra vez en 1986.


Averigüe hasta que punto están familiarizados los miembros de la clase con este método.


El fijar una fecha es un método simple y sencillo, aunque han surgido interpretaciones divergentes desde que fue su presentado. Una clarificación importante es que este método no requiere que seleccionemos por medio de la oración a una persona y prepararla para recibir el Evangelio para una fecha determinada; más bien, el élder Ballard nos pidió que seleccionemos como meta una fecha, y entonces oráramos con fervor para que Dios nos ayudara a encontrarnos con alguien, en algún lugar, que aceptaría una invitación para estudiar con los misioneros.


Reparta a los miembros de la clase esta parte del discurso del élder Ballard en cuanto a fijar una fecha. Pida a un miembro de la clase que lo lea en voz alta:


Ofrezco una sugerencia, una manera simple por la que cada uno de nosotros podemos ejercer nuestra fe y comenzar nuestro servicio misional personal. Anote una fecha en un futuro próximo en la cual tendrá a alguien preparado para recibir el Evangelio. No se preocupe si no tiene a alguien en mente ya. Permita que el Señor le ayude mientras ora diligentemente buscando orientación. Ayune y ore, buscando guía y orientación de nuestro Padre Celestial.


Usted tendrá experiencias espirituales especiales al inspirarle el Señor. Yo sé de mi propia experiencia que el Señor iluminará su mente. Él hará que se aclare la visión de esta obra y acudirán a su mente nombres de personas que antes no estimaban como posibles miembros de la Iglesia. A medida que continúe, será bendecido para saber qué decir y cómo hablar a cada persona.


Hermanos y hermanas, noten que no sugiero que identifiquen un nombre sino una fecha específica. La clave de nuestro éxito será pedir orientación divina para que seamos guiados a aquellos que aceptarán el Evangelio.


Debido a que el vivir el Evangelio es imprescindible para la remisión de pecados, y debido a que la obra misional es imprescindible para vivir el Evangelio, yo creo que cada uno de nosotros debemos fijar una fecha por lo menos una vez al año para tener listos un individuo o una familia a quien enseñar el Evangelio. Debemos esperar tener mucho éxito. No hay gozo que iguale el de traer la luz del Evangelio de Jesucristo a la vida de uno de los hijos del Padre Celestial. Las experiencias en la obra misional pueden brindar a cada miembro de la Iglesia el consuelo seguro de que efectivamente se nos perdonan los pecados” (“Write Down a Date” Ensign, November 1984).


Pida comentarios a los miembros de la clase acerca de la invitación del élder Ballard. Si hay miembros que han utilizado este método de fijar una fecha, pídales que compartan sus experiencias con la clase.


Invite a los miembros de la clase a fijar una fecha si no lo han hecho aún, y dé testimonio de las bendiciones que vienen como resultado de seguir las directrices inspiradas de los apóstoles escogidos del Señor.


2. ¡Póngase en marcha!


El comprometerse a participar activamente en la obra misional requiere fe. Miembros de todas las edades, etapas en la vida y circunstancias han tenido éxito al utilizar el método de fijar una fecha del élder Ballard. Además de la fe y la oración, es vital buscar constantemente oportunidades de realizar obra misional e invitar a muchas personas a aprender acerca de la Iglesia. Para algunos esta tarea parece agobiante; sin embargo, hay numerosas formas creativas para maximizar la obra misional y adaptarlas a diferentes niveles de comodidad y circunstancias personales.


Principio 5: Hay muchas maneras diferentes de participar en la obra misional de miembros.


De hecho, hay por lo menos 101 formas de hacer la obra misional.


Presente a la clase el recurso “101 formas de hacer la obra misional”. Explique que la lista tiene como intención servir de recurso tanto para la persona que está empezando a involucrarse en la obra misional (ya estén aprensivas o entusiasmadas) como para la persona con mucha experiencia en la obra misional. Las sugerencias halladas se adoptan a varios niveles de comodidad y circunstancias personales.


Permita que los miembros de la clase comenten o hagan preguntas sobre la lista.


Invite a los miembros de la clase a seleccionar por lo menos una de las ideas en la lista y utilizarla en la semana entrante.


3. Cómo compartir el Evangelio por medio de invitaciones para servir


Una manera muy eficaz para ayudar a despertar el interés de las personas en el Evangelio es por medio de invitarlas a servir con nosotros en la Iglesia. El Salvador trató este principio en Juan 7:17: “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta.”


Principio 6: Podemos compartir el Evangelio de forma eficaz cuando invitamos a otros a servir con nosotros en la Iglesia, en lugar de tan sólo beneficiarse de nuestro servicio.


Los fundamentos subyacentes de este principio son las necesidades humanas básicas de sentirse necesitados y ayudar a otros. Tendemos a desarrollar una dedicación más sincera y amor por las instituciones o causas por las que trabajamos y nos sacrificamos con más afán. Nuestro amor y dedicación son proporcionales a lo que damos, no lo que recibimos.


De hecho, esta es una de las razones por las que la Iglesia SUD como organización ha tenido mucho éxito en desarrollar miembros fieles y dedicados. No pagamos a ministros para cuidarnos sino nos cuidamos los unos a los otros. La mayoría de nosotros en la Iglesia nos sentimos necesarios y dentro de la estructura hallamos medios para ayudar a otros y tener un impacto positivo. Generalmente, los miembros que no se sienten necesarios tienen dificultades para mantenerse activos.


Al hacer obra misional, los miembros solemos decir: “Ven a esta actividad social, lo pasarás bien”. “Te regalo unas galletitas”. “Mira cómo la Iglesia puede ayudarte”. Sin embargo, la mayoría de las personas tiene más necesidad de rendir servicio más bien que recibir servicio. Esto es cierto particularmente entre personas con una vida desahogada que, por sí mismos, no ven la necesidad de aprender acerca de la Iglesia. Muchas personas pasarían mucho más tiempo rindiendo servicio a otros de lo que lo hacen actualmente si tuviesen acceso a una infraestructura que facilitara rendir servicio. Cuando a las personas se les da la oportunidad de sentir el Espíritu mediante el servicio al Señor, a menudo llegan a darse cuenta de que faltaba algo en su vida y desean aprender más.


Pida a un miembro de la clase que lea uno o más de los siguientes tres relatos sobre la manera en que los miembros incluían a otros en el servicio en la Iglesia. Explique que se recopilaron estos relatos como parte de un proyecto para escribir la historia de la Iglesia en Nueva Inglaterra.


Como alternativa, comparta una experiencia personal que usted haya tenido con este principio, o de un resumen a la clase de los relatos.


Relato 1


Yo servía como maestro orientador de una viuda que necesitaba sacar de su sótano un viejo refrigerador. Inicialmente llamé a varios miembros del quórum de élderes, pero nadie estaba disponible, así que le pedí a mi vecino, Don, que me ayudara. En el carro rumbo a su casa, yo le expliqué a Don de qué se trataba la orientación familiar y le conté de las dificultades que esta hermana había experimentado. El refrigerador era viejo, pesado y apestoso, y era una calurosa y húmeda noche de julio. La escalera era serpenteante y empinada, así que nos vimos obligados a quitar las puertas y los tiradores del refrigerador, y costó dos horas de trabajo arduo quitarlos y sacar del sótano ese terrible refrigerador. Durante todo ese tiempo yo estaba pensando: “¡Madre mía! Realmente a Don va a estar molesto”. Cuando por fin terminamos, la hermana nos dio las gracias y nos regaló unas galletas, y nos fuimos. Al ir al carro, Don puso su mano sobre mi hombro y me dio las gracias por haberle pedido ayuda. “¿Haces esto a menudo? Si necesitas quién ayudarte en el futuro, llámame porque me encanta hacer cosas así”.


De camino a casa, Don hizo toda clase de preguntas en cuanto a la orientación familiar y la Iglesia. Al dejarlo en su casa, pensé que Don había aprendido esa noche mucho más acerca de la Iglesia de Jesucristo que jamás pudiera haber aprendido en las charlas misionales. Él seguía haciendo preguntas y con el tiempo recibió las charlas en nuestro hogar.


Relato 2


Hace unos años había en el barrio de Cambridge I (Cambridge, Massachusetts, EEUU) una familia en la que la mujer era miembro de la Iglesia, pero el marido no. Éste asistía a la iglesia a menudo, pero resistía cualesquier esfuerzo por recibir las charlas misionales y bautizarse. Un día el Obispo Bowen sintió la impresión de llamar a Hank para servir en la presidencia de la Escuela Dominical. Esto ocurrió años atrás cuando la reunión sacramental se realizaba en la noche y había ejercicios de apertura de 20 minutos. Hank aceptó el llamamiento y pronto dirigía las reuniones, recomendaba a personas para servir como maestros y les ayudaba a hacerse mejores maestros. Él comenzó a asistir todos los domingos porque debía estar allí. Comenzó a aprender acerca del Evangelio. Y aunque se había resistido a bautizarse durante muchos años, se bautizó tres meses después de aceptar este llamamiento.


Relato 3


Durante varios años he servido como asesor del quórum de presbíteros. Decidimos que nuestros jóvenes dedicarían una noche de actividad al mes para la exploración de posibles carreras, pidiendo a hombres de varias profesiones que explicaran a los muchachos qué hacían en sus trabajos. Por unos meses logramos sostener este esfuerzo con los miembros del barrio, pero pronto se agotó el suministro de miembros cuyas profesiones les interesaban a los muchachos. Así que comencé a pedirles ayuda a mis amigos que no eran miembros de la Iglesia. Los resultados fueron asombrosos. Un amigo científico enseñó a los muchachos cómo operar un microscopio de electrones, y con él examinamos el ojo de una mosca común. Otro amigo, dueño de un taller de soldadura, ayudó a los muchachos a cortar barras de acero con un soplete (antorcha) de acetileno y soldarlas para formar una estructura provechosa para uno de sus clientes. Otro amigo, policía, los llevó por el proceso de arrestar conductores sospechosos de estar ebrios. Sin excepción las actividades que manejaban mis amigos fueron de mayor calidad que aquellas manejadas por miembros del barrio, y creo que esto se debía a que a mis amigos jamás se les hubiera pedido hacer tal cosa y lo consideraban un halago que los muchachos tuvieran interés en sus profesiones.


Lo que resultó más asombroso es que, de los más o menos 20 amigos de otras religiones a quienes pedí ayuda con varias actividades de los hombres jóvenes, ni una vez rehusaron. Y en cada ocasión mis amigos aprendieron mucho acerca de la Iglesia. Aprendieron acerca de nuestro programa de mutual, vieron la calidad de los adolescentes criados en familias SUD, y se sintieron my bien consigo mismos. Ellos habían ayudado a otros y descubrieron que otros estaban interesados en ellos. ¿Qué más podrías pedir?


Permita a los miembros de la clase comentar sobre los relatos o el principio de invitar a otros a servir en la Iglesia como método para presentarles el Evangelio.


Inicie una conversación sobre cómo implementar este principio. Pida a los miembros de la clase que vean la sección 8, Servicio en la Iglesia, que se encuentra en “101 formas…” y utilice las ideas como puntos de partida. Después de la conversación, pida a los miembros de la clase que piensen en alguien que conozcan y a quien deseen presentarle la Iglesia y hágales la siguiente pregunta retórica:


¿Puede usted hallar una manera de compartir con este amigo la oportunidad de servir con usted en la Iglesia?


Invite a los miembros de la clase a incluir a sus asociados y amigos no miembros de la Iglesia a servir en la Iglesia tan frecuente como sea posible.


4. ¿Qué debemos decir sobre la Iglesia cuando alguien hace preguntas?


En la obra misional de los miembros tenemos ganas de experimentar aquellos momentos de oro en los que alguien nos pregunta acerca de nuestra iglesia. Sin embargo, estos momentos emocionantes y oportunos pueden ser a la vez abrumadores porque sentimos que debemos dar “la respuesta correcta.”


Pregunte a los miembros de la clase lo siguiente:


¿Qué recomendación le daría usted a una persona con poca experiencia en la obra misional sobre cómo responder cuando alguien le pregunta acerca de la Iglesia?


En la conversación resultante, los miembros de la clase ofrecerán diferentes ideas en cuanto al mejor método para responder a preguntas generales acerca de la Iglesia. Anote en la pizarra los puntos que se presentan a continuación, reconociendo si los miembros de la clase los han mencionado y explique que usted desea hablar más de estos puntos.



I. Seguir las indicaciones del Espíritu


Se nos ha prometido que si abrimos nuestra boca para compartir el Evangelio, será llena (D. y C. 33:8). Cuando respondemos a preguntas acerca de la Iglesia, en esencia se nos ha dado una oportunidad de compartir nuestro testimonio. Cuando hablamos de la verdad, el Espíritu toca los corazones y confirma que lo que decimos es, efectivamente, verdadero (D. y C. 50:14). Tal como el Espíritu nos guía e inspira en los momentos en que enfrentamos decisiones importantes en la vida, el Espíritu nos iluminará la mente para que podamos hablar de la Iglesia de una manera eficaz y apropiada para la situación y la persona con que hablamos.


Principio 7: Debemos buscar la guía del Espíritu cuando respondemos a preguntas acerca de la Iglesia.




II. Evaluar la situación


Hay una variedad de situaciones en las que las personas nos piden que les contemos de la Iglesia, algunas son más convenientes para una conversación sobre el Evangelio que otras. Quizá nos hallamos sentados en un avión o autobús, en un evento deportivo juvenil, en camino a clase, en el parque con los niños o durante un descanso en el trabajo. Debemos considerar las limitaciones de la situación; por ejemplo, si hay frecuentes interrupciones, ruidos en el trasfondo que distrae la atención, tiempo limitado, etc. En situaciones menos ideales podemos compartir un breve, sencillo testimonio con aquellos que nos han preguntado e invitarlos a continuar la conversación en un futuro momento específico y en un entorno más adecuado.


III. Evaluar a la persona


Un buen punto de partida para determinar qué decir cuando alguien le pregunta acerca de la Iglesia es la persona misma. Comience por establecer una base común. ¿Es la persona una madre? Hable del enfoque de la Iglesia en las familias o de la Sociedad de Socorro. ¿Es la persona un joven estudiante universitario? Hable de nuestra creencia en la orientación que nos brinda el Espíritu Santo y la perspectiva eterna impartida por el Plan de Salvación. ¿Es la persona de mayor edad? Hable de la familia eterna y la historia familiar. ¿Es la persona de una fe no cristiana? Hable, según estime adecuado, de la reverencia que tenemos por nuestros antepasados, de nuestras prácticas de salud o de los templos. Aun cuando las personas deseen saber lo que nos diferencia de los demás, el comenzar con una base común establece una buena comunicación que crea el marco para una conversación positiva.


IV. Comprender qué es lo que inicialmente despierta el interés de las personas en la Iglesia


En 1975 y de nuevo en 1993, la Iglesia realizó una extensa encuesta de los nuevos conversos para determinar qué fue lo que inicialmente les despertó el interés en la Iglesia. He aquí los resultados en orden de frecuencia:


  1. La cercanía a Dios que deseaban experimentar, porque notaban esta cercanía en la vida de los mormones que conocían.

  2. La felicidad y la tranquilidad, que deseaban y que presenciaban en la vida de los mormones que conocían.

  3. Deseaban un mayor sentimiento de propósito en la vida. Notaban esto en los mormones que conocían.


Inicie una breve conversación con la clase sobre cómo relacionan los resultados de esta encuesta con nuestra pregunta acerca de cómo responder cuando alguien hace preguntas acerca de la Iglesia.


En última instancia, estos resultados subrayan la importancia no sólo de lo que decimos acerca de la Iglesia sino de cómo ejemplificamos personalmente la cercanía a Dios y los sentimientos de paz, felicidad y propósito que otros buscan.


Termine esta parte de la lección reiterando la importancia de seguir las indicaciones del Espíritu al responder a las preguntas de una persona acerca de la Iglesia.


5. Repaso de los principios enseñados y conclusión

Repase brevemente con la clase los principios 1 al 7, subrayando las dudas identificadas en la primera lección y los principios que las resolvieron. Considere usar el cuadro de los principios de la obra misional de los miembros para servir de guía en el repaso.


Termine la lección compartiendo su testimonio del gozo y la responsabilidad de hacer la obra misional como miembro y de las resultantes bendiciones. Aliente encarecidamente a los miembros de la clase a aplicar los principios de estas lecciones en sus esfuerzos por compartir el Evangelio.

* Sugerencia sobre el tiempo para dedicar al tema

1 De datos reunidos por Clayton Christensen de las diez estacas en Nueva Inglaterra (zona en la región noreste de EEUU) por los años 2002-2003.

Lección 1: Cómo enseñar los principios de la obra misional de los miembros 20